domingo, 18 de agosto de 2013

¿QUÉ SOCIALISMO ES EL QUE EN NOMBRE DE LOS POBRES UTILIZA AL ESTADO PARA ENRIQUECERSE?

¿QUÉ SOCIALISMO ES EL QUE EN NOMBRE DE LOS POBRES UTILIZA AL ESTADO PARA ENRIQUECERSE?
Zenair Brito Caballero
Hay que reconocer que del crecimiento y el éxito electoral de este neofascismo, al que han dado en llamar pomposamente socialismo del siglo XXI, tienen una gran parte de culpa las clases políticas venezolanas, que no han querido ni sabido resolver los enormes diferencias sociales que padece la nación.
Lo primero que hay que entender es que el de Chávez y el de Maduro no son gobiernos liberales, sino profundamente conservadores y antidemocráticos que, al tener la oportunidad, devinieron en auténticos autoritarismos unipersonales, en los que la única ley que rige es aquella que “quien no está conmigo está contra mí”. Cualquier crítica, cualquier disidencia cualquier desacuerdo convierte a las personas en enemigos a aniquilar.
No hace falta sino repasar las características comunes de esos gobiernos socialistas-comunistas desde hace 15 años en Venezuela. Comencemos por lo político: quizás uno con más éxito que otro, prácticamente han pretendido cambiar las legislaciones vigentes para concentrar el poder en el ejecutivo y anular la influencia de los otros poderes del Estado.
Han intentado y han conseguido modificar las reglas de juego electorales para poder eternizarse en el poder. Ambos pusieron en marcha operativos para controlar y acallar a los medios de comunicación, ayer fue RCTV y 34 emisoras radiales, hoy Globovisión y otros canales televisivos que parecieran ni-ni, pero están más rojos que azules o blancos.
En lo económico, dicen haber emprendido campañas de control del sector productivo y de estatización indiscriminada. Pero Venezuela, tiene el nivel más alto de inflación muy superior al promedio  de las demás regiones. Prácticamente nuestro país, tiene un nivel de crecimiento inferior al promedio regional.
En lo social, que se supone que es su objetivo central, en 15 años los niveles de pobreza se han incrementado mientras los índices de empleo han disminuido estrepitosamente. Los gobiernos de Chávez y de Maduro sin excepción, han experimentado un incremento de los sumarios de inseguridad y un aumento indicador de la delincuencia.
Me objetarán algunos lectores gobierneros, que ellos han incrementado significativamente el gasto social con la creación de las llamadas misiones y eso es muy cierto; pero el gasto social no es ni mucho menos equivalente a inversión social. “Regalar” plata a los pobres para ganarse su “adhesión política incondicional”, no es lo mismo que invertir en desarrollo social. Subvencionar la haraganería y la ociosidad no es lo mismo que crear puestos de trabajo y promover, a través de crédito barato, las microempresas.
En realidad lo que ha aumentado es el clientelismo, la genuflexión, con subvenciones y dádivas manejadas como arma política. De lo contrario, un incremento del dinero destinado a mejorar los problemas sociales habría generado menor pobreza, más empleo y menos delincuencia. Pero, evidentemente lo que ha ocurrido es todo lo contrario.
El caso que nos queda más de cerca como ejemplo de esto es Argentina: ¿Podía imaginar alguien que el país agropecuario por excelencia, el “granero del mundo”, tenga escasez de leche, de carne y de trigo o que, tras nacionalizar el petróleo, haya dejado de autoabastecerse y necesite importar crudo?
Pero quizás lo más grave del mal llamado socialismo-comunismo, es que potencian hasta el paroxismo, el ataque, la crispación social, volviendo imposible la convivencia. Todo ello en nombre de una  fulana ideología socialista-comunista inexistente, porque ¿qué ideología pueden tener unas personas que, en nombre de los pobres, utilizan al Estado para enriquecerse, diciendo que ser rico es malo y ser pobre es bueno? 

domingo, 21 de julio de 2013

A MAL TIEMPO BUENA CARA

“A MAL TIEMPO BUENA CARA”

Zenair Brito Caballero

Hoy voy a dejar por unos minutos a la insana política venezolana, para referirme a un tópico psicológico que observo constantemente, por ser la psicología mi especialidad. A veces los días transcurren apáticos, fríos, y faltos de motivación para las personas. Y las gentes se hunden en una suerte de decaimiento, si no abismo. Pero, pienso que debemos tratar de estar alegres.

 Observamos que la sociedad, la esencia del ambiente en el que nos desenvolvemos, con sus terribles condiciones y sus abstractos, nos llama a estar contentos a pesar de toda la crisis política, económica y moral que vivimos los venezolanos. Sí. Felices. Aún a costa del mal carácter que debemos ir puliendo, con sabiduría, con perseverancia.

Es una imposición de la razón buscar el lado positivo de las cosas que se desplazan, que fluyen, en nuestro entorno. Contentos debemos estar a pesar que a veces la salud nos falla en algún sitio del cuerpo. Es bien sabido que la maquinaria que es nuestro organismo ha de ir desgastándose con el transcurrir del tiempo.

Debemos apostar -entonces- a nuestra salud espiritual, a aquellas flores expectantes y hermosas como las rosas, que se abren en nuestra alma para darnos luz y reposo. Cantando alguna estrofa pegadiza de una canción de nuestro cantante favorito, trabajando en lo que debemos trabajar, levantándonos temprano para ganarle la partida al sol, es como muchos hombres y mujeres encontramos alegría y ganas de celebrar la existencia.
Es cierto; a veces no podemos estar alegres. Pero estamos conformes con la situación del día, porque sabemos, porque estamos enterados de nuestra capacidad para revertir un momento de crisis económica o anímica en una oportuna ocasión para saldar cuentas y apuntar a mejores faenas.

Debemos ser los grandes transformadores de nosotros mismos. Que atrás se queden las personas desalentadas, gruñonas y ásperas y que tanto daño hacen a familiares, amigos y compañeros de trabajo. En último caso, que sean menos gruñones, menos buscadores de razones, motivos y causas para señalar con el dedo a los demás y para dar por torcidas las esperanzas. 

Busquemos estar menos disconformes con el entorno. Eso sí tiene real sentido. El trabajo es nuestra herramienta de sostén y de triunfo. Nuestra mente está sujeta a una enramada de células. Cuántas enfermedades solemos inventar con nuestra mente.

Si aprendiéramos a tener más control sobre nuestras emociones y entendiéramos que la dicha está a nuestro alcance cuando nuestra actitud ante la vida y ante las demás personas mejora, otro sería nuestro cantar. Un individuo quejoso es en sí mismo una mala noticia. Espantamos su nombre. Sus quejas tienen el poder de soplar un viento malo sobre nuestras cabezas.

Nuestra salud progresa considerablemente si decimos que sí, que estamos bien. Pero usted ya sabe... están los eternos enfermos. Los que parecieran deleitarse quejándose de sus juanetes,  de la rinitis, del dolor de cabeza, de aquella gripe contraída sin saber cómo, de esa reuma que está manifestándose.

Y luego están los otros, los descontentos crónicos. Y también aquellos que convierten su boca en un basural hablando negativamente de los demás. Ah... Entrar en razón. Entender que somos artífices de nuestro propio destino. Superarnos a nosotros mismos. Pelear siempre la buena batalla. No darnos nunca por vencidos, porque con Dios y Jesús en nuestro corazón siempre somos VENCEDORES.



viernes, 19 de julio de 2013

LA ESPERANZA ES EL SUEÑO DEL HOMBRE DESPIERTO

“LA ESPERANZA ES EL SUEÑO DEL HOMBRE DESPIERTO”

Zenair Brito Caballero

Como un monstruo, el desaliento, el desánimo petrifica corazones y ciega ojos y entendimiento. Los grandes modelos políticos de la última mitad del siglo XX se han derrumbado; las utopías políticas y sociales yacen bajo los escombros de las experiencias fallidas, el socialismo terminó en dictadura y el libre mercado en una hipócrita y falsa bonanza que ha ensanchado hasta niveles inconmensurables la brecha entre los ricos y los pobres; el consumismo, ese dios del postmodernismo, ha contribuido a  crear una sociedad desalmada, en la cual la medida del valor de la persona humana es la posesión de “cosas” y el olvido del espíritu.
En Venezuela, lo que se anunció como un paso de “la locura a la esperanza”, se revela hoy como una esperanza derrotada, porque las causas fundamentales de aquella locura continúan intactas: la injusticia social, la exclusión, el hambre, la miseria, la pobreza, el desempleo y la inequidad social y económica no han sido superadas.
La crueldad del militarismo, tiene hoy su contrapartida en la violencia social, en la polarización, la corrupción, el narcotráfico, la delincuencia. El despotismo militar sustentado por una camarilla voraz, no fue sustituido por un sistema realmente democrático, sino por un régimen en los que el poder lo ejerce una casta roja-rojita afincada en partidos electorales socialistas-comunistas cada vez menos políticos y más institucionales, movidos por los vaivenes de los proveedores y no por las necesidades de las mayorías.
Es sombría nuestra realidad venezolana, y el desaliento, la desesperanza parecen ser el nuevo fantasma que recorre nuestra nación; pero, en lugar de desesperanzarnos ante tanto conflicto social, debemos comprender que la fuerza para superarlos radica en la esperanza, en la expectación. Eso sí, en una esperanza activa. No se trata de esperar que las cosas ocurran y de sentarnos a ver pasar los días y las semanas confiando en que mañana todo será mejor, sino de actuar para que nuestra esperanza vuelva realidad lo esperado, ser protagonistas de los acontecimientos y no objetos pasivos.
Decía Aristóteles que “La esperanza es el sueño del hombre despierto” por ello titulé este artículo así. Tener esperanza es estar despierto, pero además es esforzarnos por hacer que las cosas sucedan, tal como lo expresa el salmista: “Esforzaos todos vosotros los que esperáis en DIOS, Y tome aliento vuestro corazón.” (Sal 31:24). Y, tal esfuerzo debe estar acompañado de Fe.
La esperanza, ya sea individual o colectiva, es un esperar algo que se producirá en el futuro, algo que no vemos, que acaso nos parece intangible, y porque no lo vemos tendemos a desesperanzarnos y asumir una posición derrotista, pero la Fe, como la describe el autor de la Carta a los Hebreos (11:1) es “la certeza de lo que se espera, la convicción de lo que no se ve.” Esa certeza y esa convicción son las que impregnan nuestra esperanza de voluntad y conducen nuestros actos hacia la consecución de lo que esperamos.
Independientemente de nuestras creencias, para vivir no podemos renunciar a la esperanza. Un hombre sin esperanza es sólo un remedo de hombre, un ente sin sueños ni aspiraciones, un vacío cubierto de piel.
Mas, también es cierto que nuestra esperanza puede estar basada en razones endebles, provisorias y equívocas. ¿Cuántas veces hemos puesto nuestra esperanza en los políticos, en la bondad de los ricos y la cacareada “detención económica”, en pastores y sacerdotes? Y tantas veces hemos visto derrotadas nuestras esperanzas.
Es porque nuestra esperanza ha nacido de los antivalores de una sociedad que promueve el divisionismo procaz, el egoísmo del “sálvese quien pueda”. Así, más que una verdadera esperanza activa y amorosa que incluya a nuestro prójimo, hemos cultivado una falsa esperanza que reproduce los vicios del sistema, en la cual el centro y los beneficios de lo que esperamos es la satisfacción de los intereses personales, la consecución de los medios por los cuales adquiero poder sobre los demás y no el bien común.
Los cristianos no podemos vanagloriarnos de esa “esperanza”. Al contrario, nuestra esperanza debe tener como referente el reinado de Dios en la tierra. De allí que nuestra esperanza irrenunciable es Jesucristo.
Esto no quiere decir que renunciamos a la esperanza que se deriva de los actos de los hombres, sino que, por gracia de las enseñanzas del Resucitado, nuestra esperanza se centra en la reivindicación de todos los hombres y mujeres que mantienen firme su esperanza contra toda desesperanza y luchan por una mejor Venezuela. 



LA CORRUPCIÓN UNA EPIDEMIA CONTAGIOSA

“LA CORRUPCIÓN UNA EPIDEMIA CONTAGIOSA”

Zenair Brito Caballero

Todos sabemos, que una epidemia es una enfermedad contagiosa que se extiende a muchos países y se transmite con gran facilidad. Como ejemplo de ello tenemos a la peste negra del siglo XIV que ha sido un ícono histórico en este sentido, y la más reciente fue la temida gripe H1N1, que al final de cuentas y gracias a Dios, no ha sido tan letal como se esperaba.
Pues bien, asociándolo al párrafo anterior, lo que se ha venido a descubrir en las últimas dos décadas es que la corrupción es toda una epidemia social, económica y política que afecta a la mayoría de países del mundo.
Este descubrimiento ha sido posible gracias a entidades que hacen un seguimiento riguroso a este fenómeno en todo el mundo, siendo Transparencia Internacional la institución más reconocida en el estudio de este mal y en la elaboración de propuestas y posibles tratamientos.
Cada año Transparencia Internacional elabora lo que ha llamado "el barómetro mundial sobre corrupción", un estudio muy completo sobre la percepción que los ciudadanos de todo el mundo tienen sobre la corrupción.
La versión 2013 de esta encuesta, que leí en Internet en el día de ayer,  realizó 114 mil entrevistas en 107 países, y sus resultados confirmaron ciertas tendencias: son determinadas regiones del mundo las que más se afectan por este fenómeno, ciertas entidades públicas son las de peor reputación y existe un sentimiento casi generalizado respecto a la impotencia de los gobiernos para luchar contra la corrupción El estudio completo lo podemos leer en : http://www.transparency.org/gcb2013 ).
En Latinoamérica, África y Asia la corrupción se mueve con total comodidad y hace los mayores estragos. Un ejemplo reciente de los daños que causa esta enfermedad social está en Bangladesh, donde murieron 1.127 personas por el colapso de un edificio que albergaba trabajadores textiles, pues todo indica que los estándares de seguridad estructural del edificio fueron omitidos debido a actos de corrupción.
En contraste, la mayoría de los países con menores índices de corrupción están en Europa. Tiene que haber algo que haga que Suecia, Dinamarca, Finlandia, Noruega, Suiza, Países Bajos y Nueva Zelanda sean los menos corruptos, haciendo que este fenómeno tenga muy poco impacto social.
Por el contrario que Guatemala, Sri Lanka, Gambia, México, Venezuela, Egipto, República Dominicana, Senegal, Bolivia, entre otros, sean los vistos como más corruptos.
Toca indagar solo un poco para ver que la estructura social, los niveles de equidad y de distribución de activos intervienen en este sentido. Sociedades más incluyentes y equitativas tienden a ser menos corruptas y las más inequitativas e injustas las más corruptas.
Sin lugar a dudas, los gobiernos de izquierda socialista-comunista son el principal blanco de dardos respecto a sus prácticas corruptas. Y no salen bien librados: el poder político, la policía y el poder judicial.
Respecto a nuestra Venezuela, la mayoría de las personas consultadas dijeron que el problema se ha incrementado en los últimos 14 años, convirtiéndose en algo muy serio; que en buena medida las instituciones de gobierno socialista-comunista son regentadas por personas con intereses particulares y que las acciones del Estado para combatir la corrupción son muy poco eficaces.
El 81% piensa que los políticos del gobierno son corruptos, el 79% que lo es la Asamblea Nacional, 61% que es la policía o la guardia nacional, y 38% que son los empresarios, entre otros.
Una tendencia general es que los venezolanos percibimos nuestras instituciones públicas y privadas como más corruptas que el promedio mundial y regional. Incluso, organizaciones que no son vistas como corruptas en la mayoría de los demás países, como las ONG y las fuerzas militares, en Venezuela no se salvan del dedo acusador.
El saber que el mal es mundial no merma sus demoledores efectos locales; sin embargo, da indicios para que entendamos que su abordaje debe ser diferente a meros señalamientos puntuales y coyunturales, o brotes de indignación.
Hay algo en la sociedad contemporánea que hace de la corrupción una práctica social extendida, y hay que descubrir ese factor no tan evidente y que es en últimas el motor que mueve hacia allá y que desborda órganos de control y sanción.
La inequidad social parece tener una relación directa con la corrupción, pues como podemos ver, ésta se manifiesta más vigorosamente en regiones y países reconocidos por ser inequitativos. Sin embargo, también hay una causa oculta que mueve la corrupción y es toda la presión social que se va generando sobre las personas para que tengan éxito y progreso material, y esta presión termina por romper diques éticos y morales.
Lo peor es que esta presión está legitimada en la sociedad venezolana y es vista como "motor de desarrollo". En últimas otra epidemia contagiosa, pero no la vemos, o peor, no la queremos ver ni tratar, y ella es el camino más corto a la corrupción que ya está instalada y  tiene a Venezuela en terapia intensiva

LA DESLEGITIMACIÓN DEL DERECHO A LA PROTESTA

“LA DESLEGITIMACIÓN DEL DERECHO A LA PROTESTA”

Zenair Brito Caballero

Las múltiples declaraciones de diversos sectores tanto privados como gubernamentales frente a los distintos movimientos de inconformidad que se están presentando en el país, como el de los profesores, empleados administrativos, obreros y estudiantes universitarios, los ferromineros de Guayana, los maestros y profesores de primaria y media por aumentos salariales, entre otros, apuntan a que están siendo “utilizados”, “forzados”, “infiltrados”, “manipulados”, en fin, presionados por fuerzas ajenas y extrañas a la esencia misma de las organizaciones que han roto su silencio ante lo que consideran desatención y abandono gubernamental. 

La deslegitimación del derecho a la protesta, consagrado en la Constitución Nacional de 1999, no sólo coloca en riesgo a las personas que se atreven a levantar su voz para reclamar por aquello que consideran vulneración a sus derechos y abandono estatal, sino que les asigna disfunción cognitiva, ya que al señalarles como marionetas e idiotas útiles, les están castrando de su capacidad para pensar por sí mismos y organizarse como instancia para hacer valer lo que conciben como sus legítimos derechos, independientemente de los intereses de extraños, que por supuesto los hay y tratan de incidir.

La intolerancia y satanización a la protesta, el rechazo al disenso y en general la consideración de ilegítima la expresión de la inconformidad, no contribuye a alcanzar mayores y mejores niveles de bienestar, de justicia social y desarrollo con equidad, por el contrario, potencializa mucho más la polarización y el uso de la violencia como método para zanjar las diferencias y resolver las distintas problemáticas en sus diversos grados.

El país requiere amplitud de pensamiento para reconocer las diferencias, escuchar y tener en cuenta al otro como interlocutor válido, visibilizado, respetado y sobre todo, dignificado en su condición de persona, cualquiera sea su condición.

Así que, corresponde a todos hacer un esfuerzo consciente de resignificación de las palabras y acciones con las cuales se invalida y anula al otro, lo cual es un patrón arraigado en la población, en especial en aquellas personas que por diversas circunstancias se han empotrado y se mantienen en el poder, o aquellas que temporalmente lo han alcanzado en algún grado.
Esas conductas descalificadoras, son un catalizador más que aúpa y refuerza la violencia como herramienta de solución a las diferencias, las cuales son lógicas y naturales dentro de las relaciones entre seres humanos obligados a establecer algún vínculo, propio de la interdependencia humana y del medio que le rodea.

Pareciera que la protesta y la reivindicación de los derechos por parte de organizaciones y en general de aquellos que se sienten lesionados en sus intereses, se constituyera en una amenaza para los demás, como si estuvieran sumidos en el miedo y la paranoia de perder cuando el otro reclama. Por eso entonces, aparece la descalificación y el estigma como recurso para deslegitimar al otro y así librarse de lo que considera una amenaza por acción ajena.

Cuidado, mientras se tenga miedo por lo que el otro hace de manera legítima y en derecho, se perpetúa el estado de postración de la mayoría que luego se extenderá a todos en nuestro país.   




lunes, 15 de julio de 2013

LA CORRUPCIÓN ES EL CÁNCER TERMINAL DE VENEZUELA

LA CORRUPCIÓN ES EL CÁNCER TERMINAL DE VENEZUELA

Zenair Brito Caballero
Es el pan nuestro de cada día. No hay un solo estrato social que no la comente y los medios también hacen eco del mismo tema. Son aterradores los informes y los datos sobre la corrupción en nuestro país. Es tan avasallador el fenómeno que nos está acabando de una manera alarmante: “se están robando al país y estamos los venezolanos y venezolanas “en las entrañas del monstruo”.
Los columnistas de opinión más leídos tanto de los diarios nacionales como regionales, se han vuelto monotemáticos en torno a la corrupción y es comprensible. En uno de mis artículos publicados sobre el problema de la corrupción en Venezuela, en mi habitual estilo directo de llamar las cosas puntualice: “Sospecho cada vez con más firmeza que la corrupción se chupó a este país, sobre todo ante los escándalos de los últimos días”.
Y sigo afirmando lo mismo, pero tomando un término de la medicina aplicado al cáncer: La corrupción en Venezuela está en fase terminal. El flagelo está carcomiendo no solo el tejido moral, el tejido político y el tejido social, el tejido y los órganos de la justicia, el tejido y los órganos parlamentarios, el tejido y los órganos de la administración pública, el tejido y los órganos de muchas universidades, y otros sectores de la sociedad, está carcomiendo también el tejido de la racionalidad y de la lógica e incluso el tejido del sentido común.
Como diría José de Souza Saramago, Premio Nobel de Literatura en 1998 en su “Ensayo sobre la ceguera”, nos estamos quedando ciegos. Pero en contra de lo que algunos puedan pensar, lo plantea el escritor Rafael Lomeña Varo en su libro “El poder y la corrupción: Un fenómeno social con cáncer terminal”, no debemos buscar sus orígenes exclusivamente en regímenes totalitarios ni democráticos, capitalistas ni comunistas, ultra derechistas ni ultra izquierdistas, pues su génesis parece esconderse en lo más oscuro de la condición humana, apestada por la codicia y el ansia de poder.
Uno de los pasajes más impactantes de la película “El silencio de los inocentes”, es cuando el caníbal Haníbal Lecter le entrega a la aprendiz de detective Clarice Starling la clave conceptual para resolver el secuestro de la hija de una senadora: “La codicia y el ansia de poder son los sentimientos que conducen a la irracionalidad”.
El cáncer de la corrupción nos enceguece hasta el punto de perder los ojos del sentido común y llegar a hablar del “derecho” de los funcionarios corruptos a apropiarse de los presupuestos públicos, siempre y cuando ejecuten con las migajas que dejan, alguna obra para servicio de la comunidad. Lo malo, según esta creencia es “robar y no hacer”, pero es permisible y hasta necesario “robar y hacer”. Es frecuente toparse con gente del común lanzando expresiones como esta: “Qué tipo tan inútil ese, manejó miles de millones de bolívares como funcionario público, y salió igual de pobre que como entró”.
En Venezuela, lo normal es que el funcionario público robe, lo anormal y cuestionable es que salga limpio. Es la cultura de la corrupción que se posó, como cáncer incurable, en el inconsciente colectivo, y allí se quedó. De allí lo difícil de su erradicación.
Ojalá que el despertar impulsado por el incesante martillar de un periodismo de opinión cada vez más valeroso y comprometido con la verdad, la justicia y las buenas costumbres, tenga el impulso necesario para que los que tienen la obligación de hacerlo apliquen la terapia necesaria al peor cáncer de la sociedad venezolana: el de los delincuentes de cuello blanco.  

“SE PERDIERON LOS VALORES Y LA CULTURA CIUDADANA”

“SE PERDIERON LOS VALORES Y LA CULTURA CIUDADANA”

Zenair Brito Caballero

En los archivos de las Instituciones Educativas Venezolanas ha quedado en el olvido el Manual de Carreño, relacionado con la urbanidad y las buenas costumbres. Es una obra literaria que nos brinda herramientas muy útiles en el  comportamiento social del ser humano. Fue escrito por Manuel Antonio Carreño, como guía de enseñanza a los niños, adolescentes y jóvenes para que aprendieran desde temprana edad las normas básicas de las relaciones interpersonales.
Recuerdo que, en nuestra época de estudiante de bachillerato recibimos la asignatura Formación Social, Moral y Cívica, donde nos enseñaban: Cómo comportarnos en sociedad, el respeto por el himno nacional, por la bandera de nuestro país y por todos los símbolos patrios; se hacía igualmente énfasis sobre la cultura ciudadana, no arrojar basura en la calle, una de las mayores preocupaciones ambientales que tenemos y que se debe mejorar en nuestro país.
Las normas de urbanidad no pueden considerarse anticuadas, es lo que nos hace falta a los venezolanos. No entendemos como el  Ministerio de Educación   haya sacado hace varios años del pensum académico, esta asignatura que tanto se necesita hoy en día. El respeto por nuestros semejantes se ha perdido en una sociedad descompuesta y corrompida como la nuestra, donde el comportamiento individual se ha invertido.
Hoy vemos como una mujer embarazada  o con un niño en brazos, tiene que esperar de pie en una buseta, mientras el hombre ocupa una silla, un anciano tiene que cruzar una calle sin la ayuda de otra persona menor. Lo más grave es que nuestra sociedad no está rigiendo su comportamiento por una escala de valores humanos, sino por otro tipo de escalas como los estratos sociales; el poder, el dinero. Esta situación es la que no deja apreciar los valores que podríamos resaltar en el comportamiento colectivo de una sociedad.
Entendemos que una sociedad no debe ser rígida y acartonada, existen ciertos límites de respeto que debe tener toda comunidad que se relacione, por ejemplo, valorar a la  mujer como  madre, como profesional, como eje principal de una familia, por lo que merece toda  consideración y hay que brindarle todo el respeto que se merece. Por lo anterior, debería elaborarse una guía de comportamiento, conservando el espíritu de las enseñanzas de Carreño y que se acomoden a nuestros tiempos.