viernes, 3 de mayo de 2013

A LOS VENEZOLANOS NO LES GUSTA LEER


A LOS VENEZOLANOS NO LES GUSTA LEER

Zenair Brito Caballero


Hablar, escribir y leer son tres elementos fundamentales en la competitividad comunicacional, en el modo en que nos comunicamos y relacionamos con los demás. Hay quienes dicen que si bien lo primero en la humanidad fue aprender a contar por razones de sobrevivencia individual, aprender a leer -lo escrito por otros-, tienen una proyección colectiva y más ligada a todos los sentidos y a la universalidad.
A favor de la lectura debo decir  amigo que me lees, que ésta impulsa, además de emociones, circuitos neuronales que sin ésta actividad jamás serían activados sobre todo en lecturas complejas. 
Venezuela tiene pocas Editoriales para producir libros y muy buenas, sin embargo esto no es suficiente para que se encuentre en un estadio deseable o para que la mayoría de los integrantes de la clase gobernante recuerden al menos 3 títulos y autores fundamentales, excepto la Biblia -que quizá ni siquiera ha sido leído por muchísimos de ellos, pero genera una respuesta rápida y fácil ante tamaña pregunta recurrente en los últimos años-.
Desde hace mucho tiempo, he venido observando la poca importancia por la lectura y veo con horror, que hasta los profesionales universitarios de diferentes carreras o profesiones, no leen ni los periódicos.
Y nos ha sorprendido que el Presidente de Bolivia Evo Morales haya afirmado en una entrevista periodística por televisión, que nunca ha leído un libro. Esto, es vergonzoso, porque la cultura de un ser humano está en los buenos autores y en los buenos libros y mucho más en un Estadista que debe caracterizarse por ser un letrado y conocedor de autores, sobre todo de ideologías políticas.
En Venezuela si hay lectores, pero son pocos y en las escuelas, liceos y universidades no se incentiva al estudiante a leer, menos ahora que está Internet donde el estudiante copia de Google o de Wikipedia sin saber lo que dice el texto, lo importante para él es entregarle el trabajo al profesor que nunca lo lee y ello tampoco ha significado mejorías visibles en la socialización de dicha actividad. 
Según un análisis de la OCDE, Venezuela ocupa el lugar 107 de 108 en cuanto a hábitos de lectura con sólo un 2% de personas con estas características. Los datos de UNESCO destacan que Japón es el país con el mayor hábito de lectura en el mundo. Y es que no es lo mismo leer, que tener un hábito real y consistente.

Las cifras de la Encuesta Nacional de Lectura no son mejores, sólo un 33 por ciento de la gente lee al menos un libro al año. El promedio de lectura en Venezuela es de 2.9 libros por año mientras que en España es de 7.5 y en Alemania de 12. La educación de las futuras generaciones depende, que niños, adolescentes y jóvenes que no están leyendo comiencen a hacerlo y sobre todo, que se fomente el gusto hacia esta actividad, ya que uno de los factores que más alejan a un individuo de la lectura es su carácter de obligatorio o/y aburrido en las etapas formativas. 
H. S Neill quien fuese un excelente filósofo de la educación y autor del clásico de la pedagogía Summerhill, señala que la lectura "temprana" y "rápida" es un fetichismo "educativo" de quienes no tienen mucha idea del desarrollo normal de los niños, no se trata de fomentar la lectura como una forma de culminar administraciones con algunos cambios en alfabetización de comunidades. El verdadero reto es que el Estado cree una estructura que fomente la cultura de la lectura, ya que ésta es la única que promueve una mejor percepción de la realidad.
La falta de educación de calidad en nuestro país, cada día peor y ese bombardeo constante por una vida plasmada de lujos, en que estudiar esté vinculado a sacar una carrera o hacer un currículo, y no como parte de una mejoría o crecimiento personal y adquisición de una cultura general, es parte de lo que está destruyendo el tejido social.
Algunos jóvenes ven mayor provecho empuñar un arma, o inscribirse en el PSUV que un libro, porque creen que eso les otorgará dinero y respeto, otros sin embargo ven esa opción cómo la única salida a una realidad que no ofrece opciones ni oportunidades a quienes más las necesitan. 
En este contexto dónde el debate por una reforma educativa de principios democráticos es referencia de muchos educadores, es necesario que en lo inmediato, la Ley de Educación busque contemplar la lectura como un aspecto prioritario en sus artículos y, por supuesto, que desde las familias y los espacios públicos se vea como una prioridad.
Ojalá que en vez de ocupar uno de los primeros lugares en  hacer fraude, violencia, delincuencia, asesinatos, mentiras, abusos del gobierno, escasez de alimentos y medicinas e inflación del mundo, ocupáramos uno de los primeros en acervo intelectual per cápita, con venezolanos ávidos de lectura y deseo de nuevas ideas.  


LA PAZ SÓLO ES POSIBLE EN UNA SOCIEDAD TOLERANTE


LA PAZ SÓLO ES POSIBLE EN UNA SOCIEDAD TOLERANTE

Zenair Brito Caballero
(britozenair@gmail.com)
Tolerar es aceptar la pluralidad en todos sus campos y expresiones. Es respetar las ideas, visiones, credos y prácticas de los demás, aunque difieran de los propios, siempre y cuando todas se ajusten a los principios, valores e instituciones sobre los cuales se sustenta la democracia.

La tolerancia como virtud cívica y como valor ético sigue extraviada en el ambiente político venezolano. Parece imposible lograr ese consenso mínimo, indispensable para que la democracia funcione civilizadamente; la convivencia pacífica, en medio de las diferencias, sigue siendo una asignatura pendiente en nuestra Venezuela, porque históricamente ha prevalecido la intolerancia como práctica política nociva. De ahí han surgido los radicalismos y la larga confrontación.

El diálogo constructivo entre contrarios no ha sido posible y parece que no bastan los cientos de miles de muertes y asesinatos de manos de la delincuencia desbordada en este socialismo del siglo XXI, para entender y aceptar que el único camino hacia la paz pasa por la tolerancia y el debate civilizado. La cultura de la paz sólo es posible en una sociedad tolerante, caracterizada por la diversidad ideológica y cultural.

Tolerar es aceptar la pluralidad en todos sus campos y expresiones. Es respetar las ideas, visiones, credos y prácticas de los demás, aunque difieran de los propios, siempre y cuando todas se ajusten a los principios, valores e instituciones sobre los cuales se sustenta la democracia.

La tolerancia, junto a la justicia, la libertad, la igualdad ante la ley, la participación ciudadana y la soberanía popular son pilares sobre los que debe sostenerse todo régimen democrático. Obviamente no hay que confundir la tolerancia con la indiferencia ni con la permisividad ante posiciones o prácticas socialmente perjudiciales

La diversidad, la heterogeneidad, las diferencias y la pluralidad, son, desde todo punto de vista, enriquecedores y vitales porque generan interacciones, cambios, transformaciones y dinamizan los procesos sociales. La homogeneidad absoluta no es posible y sería un freno al desarrollo.

La tolerancia debe ser un compromiso de todos, de los ciudadanos, de las comunidades y desde luego del Estado. Venezuela es un país pluricultural, diverso, variado. Caraqueños, andinos, llaneros, maracuchos, guayaneses, orientales, occidentales, indígenas, etc., tenemos distintas maneras de actuar y de expresarnos y dentro de esa diversidad se dan también las diferentes visiones del mundo y de las cosas y a partir de ahí surgen las ideologías contrarias como algo consustancial a la democracia. Es así en todo el mundo. Ninguna sociedad es homogénea.

En Venezuela, por desgracia, los contrarios no se reconocen como adversarios políticos sino como enemigos irreconciliables y cada uno señala al otro como único responsable del problema.

No se permite el disenso, la obstinación es eliminar al contrario. La hostilidad se exacerba permanentemente y copa todos los escenarios donde deberían reinar el diálogo y la conversación constructiva
.
El insulto, el agravio y la ofensa marcan un estilo practicado desde siempre y afianzado por el verbo incendiario y escatológico del teniente Cabello en la Asamblea Nacional y de sus seguidores socialistas comunistas. La discriminación se ha disparado también.
Todas las expresiones vulgares a la oposición comienzan con expresiones descalificadoras, igual ocurre con los gobernadores y alcaldes no chavistas; las críticas contra su desempeño han estado siempre marcadas por el odio y el resentimiento. En un país cargado de tanta juventud, hay quienes se creen que ésta no es capaz de sacar al país de tanta desvergüenza.

Tanta intolerancia atenta contra el derecho a la vida, crispa los ánimos y acentúa la confrontación; las amenazas contra líderes populares, políticos, sindicalistas, periodistas son intensas. Muchos hombres y mujeres disidentes, sufren en serio, el riesgo de ser apresados, secuestrados o asesinados por bandas criminales que, con nombres como “La piedrita, “los enanos”, “tupamaros” anuncian que “tienen la orden de apresar” a dirigentes de oposición y a miembros de organizaciones de mujeres y defensores de derechos humanos.

A todos los acusan de manejar un discurso fascista de derecha, de inventar que es falso el fraude electoral del 14 de abril, la delincuencia, desempleo, corrupción, narcotráfico, de criticar la LOT y de promover la restitución de tierras expropiadas a sus respectivos dueños. Mientras tanto, los no violentos opositores al socialismo-comunismo, unamos voces de paz y de reconciliación y soñemos con una Venezuela donde quepamos todos y donde prevalezcan la convivencia y la justicia social.

“EL MIEDO A CONTINUAR OPINANDO EN ALGUNOS DIARIOS”


“EL MIEDO A CONTINUAR OPINANDO EN ALGUNOS DIARIOS”

Zenair Brito Caballero 

(britozenair@gmail.com)
El miedo a opinar no es otra cosa que la autocensura que tiene uno que aplicarse como articulista de opinión para evitarse dolores de cabeza y para evitarse enemigos gratuitos que nos degraden, se nos insulte y nos descalifiquen a través de nuestros correos electrónicos. Y para no correr grandes riesgos, claro. Resulta especialmente frecuente tal imposición hacerlo en los medios de las pequeñas ciudades (por aquello de que pueblo chiquito, infierno grande). Y no es sólo por los chismes.
Se trata del hecho incontrastable que en los pequeños núcleos de población casi todos se conocen con todos y el riesgo de levantar ampollas se magnifica en grado sumo. Es así como resulta muy delicado opinar sobre las vacas sagradas del alto gobierno socialista-comunista de nuestro país. O sobre los hijos dilectos de la tierra que brillan en gobernaciones, alcaldías, además en los altos organismos oficiales.
Resulta inapropiado juzgar descarnadamente los desaciertos de las autoridades como por ejemplo el descalabro de la electricidad y de la carencia permanente del agua potable, o señalar los abusos de poder. Resulta suicida opinar sobre la realidad política, social, educativa, cultural o económica que sucumbe a Venezuela y resulta riesgoso reflexionar sobre los usos y costumbres de las ciudades y pueblos. 
A propósito, resulta casi herético opinar sobre la Iglesia (para no decir las iglesias). Resulta inadecuado censurar a la autodenominada "dirigencia roja−rojita". Cuestionar sus motivaciones o juzgar sus resultados. Resulta indecoroso plantear argumentos liberales sobre temas tabú como el aborto, la sexualidad, la eutanasia, por ejemplo.
Resulta arriesgado, muy arriesgado, aventurar juicios sobre la corrupción administrativa que nos asfixia cada día más, y sólo unos pocos personajes en los cuales me incluyo de infinito valor civil muchas veces nos atrevemos a hacerlo con nombres propios. 
Los demás callan. Está tácitamente prohibido hablar de dineros calientes, por ejemplo. Y en este punto creo que se justifica plenamente: no somos los articulistas de opinión los llamados a pagar el precio de la impunidad reinante. No está bien visto siquiera opinar con argumentos sobre la situación política nacional: la polarización es tan terrible que al que no es chavista lo declaran fascista, terrorista o contrarrevolucionario de una y para siempre…
Resulta, finalmente, muy doloroso para mí y para otros articulistas que así me lo han comentado algo punzante, tener que autocensurarnos de vez en cuando para no darle papaya a los malquerientes de aprovechar los foros de opinión para dejar correr la bilis de su despecho y sus envidias.
Y hay que aclararlo: la censura −esta censura− no viene de afuera ni nadie la ha puesto sobre la mesa: se trata de la censura a la que obligan los medios regionales a quienes enviamos nuestras columnas, artículos o post, que nos devuelvan los correos y no nos publiquen lo que escribimos, el miedo a la desgracia, a la tragedia o al desarraigo.
El miedo a opinar en algunos diarios regionales venezolanos. Porque la opinión puede incluso llegar a considerarse una amenaza contra los poderes establecidos, contra el statu quo que tan bien sirve a los poderosos de turno. En fin, que opinar da miedo a veces. Pero cada ocho días debe sobreponerse uno a ese miedo para aventurar una nueva opinión. Otra más. O la misma de siempre, qué más da. Lo importante es seguir opinando. Y ¿Usted qué opina de esto amigo lector?

¿CÓMO PUEDE APLICARSE LA CULTURA DEL AMOR A LA ACCIÓN POLÍTICA?


¿CÓMO PUEDE APLICARSE LA CULTURA DEL AMOR A LA ACCIÓN POLÍTICA?

Zenair Brito Caballero 

(britozenairgmail.com)

La política de los últimos 14 años en Venezuela ha sido “robespierreana” lo que ha determinado una maniquea división de los actores en buenos (yo y los de mi grupo socialista-comunista) y malos (los demás los contrarrevolucionarios de la oposición).
 Si los de enfrente han incumplido algún requisito en el financiamiento político nos encontramos ante un hecho penal que debe ser sancionado con cárcel; si el problema ha surgido en mi partido se trata de un requisito formal sin ninguna consecuencia.
Si en un contrato de obra de un gobierno regional adversario unas puertas no calzan o unos repellos están quebrados es un acto de peculado que amerita la cárcel para el gerente de la constructora y para los que la adjudicaron; si fracasa la reparación de una platina en un puente por parte de un gobierno de mis amigos es un simple caso de fuerza mayor que debe ser pasado por alto.
Si un adversario voltea la cabeza para contemplar la bonita figura de una funcionaria es un acto de acoso; si mi compañera es acusada de invitaciones inapropiadas a un subalterno el caso nunca amerita ser investigado.
Estas actitudes se han venido agravando y generalizando en los últimos 14 años de este mal llamado socialismo del siglo XXI. Una consecuencia es la dificultad de llegar a acuerdos, pues no se discute sobre la sustancia de las cosas sino sobre las intenciones y la conciencia moral de los actores. Este elemento subjetivo junto con las características de nuestro diseño institucional determina el aparente consenso de ingobernabilidad.
¿Cómo resolver esta situación? La única palabra que brota en mi mente es la de la necesidad de nuestra “conversión”. Necesitamos reconciliarnos, pero de verdad, con nuestros semejantes. La transformación del ser humano es un acto libre y voluntario de adoptar valores y normas de conducta, y de seguirlos.
Para bien y felicidad de todos yo quisiera que esa transformación fuese democrática como compromiso con el país que lo requiere urgentemente. Pero lo que socialmente es necesario en nuestro país es al menos convertirnos a la cultura del amor al prójimo.
Entonces podemos discutir cómo son los problemas y cuáles sus mejores soluciones. Podemos dedicarnos a resolver los problemas y no a odiar y perseguir por ello al adversario.
Pero se me podrá decir que ya hace 96 años Max Weber indicó que eran incompatibles el Sermón de la Montaña y la eficiencia política. ¿Cómo puede entonces aplicarse la cultura del amor a la acción política? La solución es sencilla. Aceptar la libertad de los demás sobre sus determinaciones y acciones que no violen derechos del prójimo, no es afirmar el relativismo contemporáneo sobre la verdad, la belleza y el bien.
Yo debo respetar a mi adversario y en eso consiste mi amor por él, pero puedo a la par defender con ardor mis ideas de lo que es bueno, verdadero y bello. Ser tolerante con las apreciaciones de los demás y humildemente aceptar la posibilidad de estar yo equivocado, no impide defender con vehemencia nuestros conceptos y valores.
Y cuando nuestro tema es el análisis de los problemas públicos y la comparación de sus soluciones; cuando no personalizamos ni prejuzgamos las intenciones ajenas; cuando dejamos a los tribunales la tarea de juzgar y esa tarea se cumple conforme al debido proceso…entonces si se puede dar la discusión inteligente que es necesaria para que la democracia sea exitosa. Con amor al prójimo es más fácil la gobernabilidad.