viernes, 21 de septiembre de 2012

EL CLIENTELISMO ESTANCA LA DEMOCRACIA


EL CLIENTELISMO ESTANCA LA DEMOCRACIA
Zenair Brito Caballero 
(britozenair@gmail.com)
El clientelismo político se ha convertido en un maligno sistema que de una forma clara está frenando la evolución democrática de Venezuela y nos tiene a la vez sumidos y condenados a tener una clase política roja-rojita gobernante muy pobre de proyectos.
En nuestro país, estas relaciones existen en correspondencia a las estructuras de la sociedad política (elecciones, partidos, etc.). Y de esta manera se ha llegado a consolidar un estilo clientelar que involucra a “políticos profesionales” que utilizan discrecionalmente recursos públicos, ofreciéndolos a sus seguidores a cambio de legitimación y apoyo electoral.
Estas relaciones pues, se han convertido en el sello de un “patrón de conducta” política (aunque efectivamente una conducta pervertida) que se ha enquistado en nuestro medio, hasta el punto que para muchos políticos socialistas-comunistas en ejercicio, esa es una práctica “legítima” y hasta “deseable”, y un instrumento válido para hacer política partidista y para poder “asegurarse” triunfos electorales, apoyos políticos y financiamiento de militancia, a partir de una práctica que podríamos llamar “compra de voluntades” y de apoyos políticos sin ningún fundamento sustancial ni de contenido.
De esa manera, el clientelismo político venezolano se ha convertido en un siniestro sistema socialista- comunista que de una forma clara está frenando la evolución democrática del país y nos tiene a la vez sumidos y condenados a tener una clase política gobernante socialista-comunista muy pobre de proyectos, muy atrasada en sus concepciones ideológicas y bastante proclive al uso patrimonialista del aparato estatal y de los recursos públicos.
Ello lo podemos ver con suma claridad en los actuales momentos, cuando se han activado las campañas electorales presidenciales (de ahí que se suelen hacer con mucha más anticipación de la debida), pues el candidato presidente ha iniciado  (convocatorias) a sus “clientelas políticas”, las cuales empiezan a “comprar” con todo tipo de prebendas que van desde dádivas materiales (láminas de acerolit para casas, bolsas de comida, juguetes, zapatos, dulces, gorras, franelas, etc.) hasta incluso, una forma más perversa: el ofrecimiento de plazas o empleos en instituciones públicas, que el partido político de pertenencia del candidato “controle” o diga controlar.
De ahí la “importancia” y el “interés” de la partidocracia gobernante roja-rojita de agenciarse el control de instituciones, que las muchas de las veces terminan convirtiendo en grandes “fábricas de empleos” para militantes, simpatizantes, familias, amigos, etc., con el objetivo de “premiar” a aquellos que les facilitan votos o a aquellos que pueden tener un “sueldo”, pero en realidad dedicar su tiempo a hacer “trabajo” político para su partido.
Lo anterior es lo que ha ocurrido en forma muy recurrente en nuestro país, y ha sido práctica en estos 14 años de la llamada “izquierda revolucionaria”, y ha sido  práctica recurrente durante administraciones  de gobernaciones y alcaldías en el pasado, así como partidos de su “bloque de apoyo” que en aquel momento también se dedicaron a “controlar” instituciones para ejercer de manera abierta y sin ninguna vergüenza el clientelismo descarado
El clientelismo estanca la democracia, porque impide que los electores puedan en realidad enfocarse en lo que es importante y esencial de la democracia: las propuestas. El clientelismo privilegia el “regalo” frente al proyecto político serio y equilibrado; la “prebenda” frente a la oferta mesurada, viable y sensata para gobernar; las “dádivas” frente a las plataformas correctas, adecuadas y correspondientes con los problemas de gobernabilidad que existen en el país.
 Además el clientelismo político impide que los partidos que tengan propuestas de avanzada y adecuadas, puedan siquiera competir con aquellos aparatos electorales que a base de mayor “gasto” electoral clientelista, logran “comprar” la voluntad de los “clientes”. Y lo que es todavía más perverso que eso, es que muchos electores, cual borregos domesticados, se comportan y actúan como clientes políticos, hasta el absurdo de expresar que su voto “es caro”, que para “ganárselo” le tienen que dar muestras de “amor”, “darse a querer”, queriendo significar con eso que si no ven las prebendas, las dádivas y los regalitos, no endosarán su voto por el candidato que se los pide. Y así, bajo ese perverso círculo, la partidocracia roja-rojita ha logrado retener los “apoyos” político-electorales y lo mantienen “comprando los favores” de los clientes.
Si lo anterior ya de por si es nefasto, no puedo dejar de lado referirme a lo que ha ocurrido en el Tribunal Supremo de Justicia y la aprobación de un jugoso bono para los empleados de dicho órgano a petición del sindicato que “incondicionalmente” apoya los inconstitucionales nombramientos de los magistrados de la TSJ. A todas luces, esa no es más que la aplicación por “extensión” del clientelismo político de pago de favores y compra de voluntades a la que está acostumbrada la partidocracia socialista-comunista en las instituciones.
Ahora me pregunto yo ¿Adónde está la austeridad en el gasto público por la crisis económica por parte de los “ratificados” Magistrados del TSJ? ¿Cuál es el empecinamiento en despilfarrar el dinero de un pueblo que sufre tantas carencias y necesidades? ¿No son suficientes los altos salarios que devengan acaso? ¿Ese es el tamaño y la estatura moral de su conciencia social? ¿Para repartirse esa “piñata” es que les urge tanto llegar al TSJ? ¿Por qué razón no son capaces ante tantas carencia y necesidades del pueblo de darse a sí mismos un Código Deontológico de conducta ética y moral en el ejercicio del cargo, del servicio público, que se rija por los principios de “dignidad, sobriedad, eficacia, ejemplaridad, transparencia y solidaridad”?
Los Magistrados deberían renunciar de inmediato a estas medidas y elevarse a la estatura que su cargo les impone y no rebajarse al mezquino clientelismo con el que, desgraciadamente actúan. De no hacerlo, deberán encarar las consecuencias de su actuación, empezando por la falta de toda credibilidad en cuanto a la independencia con el ejecutivo a quien sigue todos sus mandatos.

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