miércoles, 21 de agosto de 2013

¿QUIÉNES SON LOS FARISEOS Y MEDIOCRES DE NUESTRA SOCIEDAD?

¿QUIÉNES SON LOS FARISEOS  Y MEDIOCRES DE NUESTRA SOCIEDAD?

Zenair Brito Caballero

Son aquellos (as) que dan la apariencia de ser encantadores; todo lo fundan en la aceptación social o política. Hacen creer que están inundados de conocimientos y expresan sus opiniones, más bien sus prejuicios o caprichos, con un notorio desparpajo, con una soltura tal que por sí misma les conferiría la condición de hombres de mundo.

Engañan a los incautos. Se muestran como personas serviciales o solícitas, cuando no hacen sino obedecer a cálculos mezquinos, algo que luego cobran con el carácter de una recompensa. Arrastran un egoísmo insalvable. El interés es su motivación primordial. Nunca conceden nada a cambio de nada. En su interior se saben poca cosa, pero eso lo compensan con maneras cortesanas y un andar insolente que les granjea, en ocasiones, aplausos de compromiso. Y eso los envanece.

Hablan en los pasillos, despotrican a espaldas de los incriminados, se hacen los valientes detrás del burladero de la cobardía y llevan y traen cuentos en tono de murmuración. No soportan la existencia de alguien que sea independiente u honrado, porque ellos necesitan prosperar a la sombra de alguien, con la aquiescencia de alguien. En esto son expertos. Halagan, intrigan y dejan caer ante el interlocutor de turno unas falsas migajas de preocupación sobre temas éticos.

Por supuesto, confunden ética con moral. Como no tienen un sentido de lo universal, lo pequeño les merece una atención neurótica, obsesiva. El chisme y la burla les interesan como una forma de dañar un prestigio, no como una opción de ridiculizar la solemnidad.
Tienen tan poco sedimento cultural que cualquier tontería les parece una muestra encomiable de ingenio. Confunden la sabiduría con el ardid, se ufanan de sus pequeños éxitos materiales y suponen que el espíritu se reduce a la exhibición impúdica, con ojos entrecerrados, de una fe dominguera y sospechosa.
La noción de Dios, por supuesto, se les prefigura como un patético cuadro de viernes Santo, con truenos, lluvia torrencial y nubes arreboladas. Quien más les recuerda su propia idiosincrasia es Poncio Pilatos. Lavarse las manos es, para ellos, una forma de genialidad o de viveza. Nunca aparecen, nada hacen con el pecho por delante, jamás se exponen a una cornada.

La oscuridad es su reino, donde más cómodos se sienten. Allí urden y alimentan envidias, recelos y aversiones, los cuales expresan con la advertencia de que eso no es de su coleto sino que proviene de la maledicencia ajena, siempre tan ruin y desvergonzada, según piensan para sí.

Después que se cruzan con un hombre de bien, en su intimidad hacen una mueca de perplejidad y descreimiento. Les parece irreal. No conciben que haya alguien distinto a ellos, que repose en sus antípodas, sin hacerle venias a la liviandad o al oportunismo. Son, en el lenguaje común, unos paquetes que se autocomplacen.

Sin jamás haber dictado una clase en una universidad de prestigio o una conferencia, ni nunca haber escrito una página siquiera aceptable en un periódico de los más leídos, fungen con vana prepotencia de poseer una inteligencia noble y cultivada.

Mostrarse como son les significaría el descrédito o la muerte pública. Los libros les son ajenos. La literatura o el arte les son indiferentes, tal vez fastidiosos o innecesarios. Creen que la vida es el cuerpo, la ropa, los zapatos y un andar vanidoso por los pasadizos de un club.

Lo subjetivo nada les dice, y lo objetivo lo conminan a las apariencias, donde el ser humano se siente igual a los demás, es decir, donde es más fácilmente aceptado por los demás. Los errores humanos, los de los otros, los califican en blanco y negro. Excepto los suyos, los yerros merecen el infierno.

Nunca ven colores, jamás miran la contrafaz de las cosas, porque su talante tiende a excluir por conveniencia y a complacer por abyección. El amor no les atrae sino como un detalle instrumental, objeto de vanagloria. La simplicidad de sus almas se regodea en la televisión, en el cine barato o en las telenovelas de truculento acontecer. Pero lo que más los distingue es la superficialidad.

No les interesa la ciencia, que poco entienden, pero hacen de sus vidas una especie de ciencia-ficción, la cual adoban con un vano apego al dudoso brillo de los desechos tecnológicos. Aprovechan, claro, cuanta oportunidad aparezca de hacerse invitar, sea viajes o fiestas. En aquéllos no ven más allá de lo que permite la ventanilla de un avión, el concreto de unos edificios o el ambiente selvático y lujurioso de ciertos parques; de éstas sólo les interesa la posibilidad de lucirse con trivialidades o de adquirir nuevas víctimas para sus indeclinables y prosaicas apetencias. Son, en resumidas cuentas, pequeños hombres y mujeres de medianos triunfos, endebles notoriedades, infatuados fariseos, mediocridades irremediables…  

britozenair@gmail.com


“LEGALIZANDO LA TRANSGRESIÓN”

“LEGALIZANDO LA TRANSGRESIÓN”
Zenair Brito Caballero
Algunos mandatarios de América Latina parece que han ignorado la crisis que vive Venezuela, aunque conocen los antecedentes retorcidos del chavismo para imponer un gobierno totalitario encubierto, en una mal llamada pseudo-democracia de un vociferado socialismo del siglo XXI.
Cómplices, encubridores y compinches, son todos aquellos que sabiéndolo o sospechando, se quedan calladitos, muditos, reservaditos o aceptan la perversidad como si fuera normal para no meterse en problemas o para sacar provecho. Los hay por acción u omisión, pero ambas maneras son condenables, vergonzosas y reprochables.
Cómplice es Enrique Peña Nieto, actual presidente de México, quien se negó a recibir a Henrique Capriles, reconoció a Nicolás Maduro, pero, sin embargo, dijo que “no podemos ser parte de un conflicto interno” en Venezuela. Si fuese cierto su enunciado, recibiría al opositor para mantenerse imparcial. ¿No lo cree usted?
Cómplice también es Juan Manuel Santos, Presidente de Colombia quien, además, añade la ambigüedad y la imprecisión. Primero se sentó a platicar con Capriles y después con Maduro con quien derrochó elogios y adulación, casi al punto del servilismo, poniendo a Hugo Chávez como un “líder” para el bien y no para el mal, como realmente lo fue.
Cómplice es Dilma Rousseff Presidenta de Brasil, quien recibió a Maduro con banda de guerra y otros honores que merecen jefes de Estado elegidos legalmente, dándole una bofetada a la mayoría del pueblo venezolano que no quiere más chavismo socialista-comunista en nuestro país.
Cómplice es Ollanta Humala, Presidente del Perú, quien sacó un pretexto de tener un compromiso lejos de Lima, para evadir la reunión con Capriles… Y la lista sigue……….
No debemos ignorar u olvidar el fraude electoral del CNE que puso ilegalmente en el poder a Maduro el 14 de abril pasado.
No se puede borrar de la memoria, que su gobierno mantiene contacto clandestino con las FARC y sigue permitiendo que los guerrilleros se escondan en su territorio. Tampoco pasemos por alto que funcionarios chavistas permiten el narcotráfico por Venezuela.
No excusemos las instrucciones que dan los hermanos Castro desde Cuba y cómo cientos de socialistas-comunistas hacen parte del ejército y la red de salud en Venezuela. El chavismo le da empleo a extranjeros que son espías consentidos por el régimen, como lo hacen en la isla las milicias que vigilan los barrios, buscando inconformes de la revolución para delatarlos.
Ser compinches de una copia del chocarrero y payaso de América, como lo era Chávez, es un error histórico. ¿Lo hacen por petróleo? ¿Lo respaldan porque están de acuerdo con la represión al pueblo, la coartación de la libertad de prensa, la expropiación de bienes, empresas e industrias? ¿Toleran esos mandatarios latinoamericanos que una minoría gobernante se enriquezca y narcotrafique en aras de la revolución bolivariana?
Se entiende, pero no se acepta, que otros gobiernos, algunos de ellos igualmente con sospecha de imponerse de manera ilegal como el de Daniel Ortega en Nicaragua, glorifiquen el chavismo. Incluso se entiende que Rafael Correa de Ecuador, quien realmente tiene respaldo popular, avale las porquerías de Maduro y su pandilla roja-rojita. Pero, no se concibe por qué lo apoyan los gobiernos que la democracia real eligió. Revolcándose en la tumba debe estar Simón Bolívar, al saber que su ideal fue despojado por una manada de coyotes hambrientos de poder y dinero.   

domingo, 18 de agosto de 2013

¿QUÉ SOCIALISMO ES EL QUE EN NOMBRE DE LOS POBRES UTILIZA AL ESTADO PARA ENRIQUECERSE?

¿QUÉ SOCIALISMO ES EL QUE EN NOMBRE DE LOS POBRES UTILIZA AL ESTADO PARA ENRIQUECERSE?
Zenair Brito Caballero
Hay que reconocer que del crecimiento y el éxito electoral de este neofascismo, al que han dado en llamar pomposamente socialismo del siglo XXI, tienen una gran parte de culpa las clases políticas venezolanas, que no han querido ni sabido resolver los enormes diferencias sociales que padece la nación.
Lo primero que hay que entender es que el de Chávez y el de Maduro no son gobiernos liberales, sino profundamente conservadores y antidemocráticos que, al tener la oportunidad, devinieron en auténticos autoritarismos unipersonales, en los que la única ley que rige es aquella que “quien no está conmigo está contra mí”. Cualquier crítica, cualquier disidencia cualquier desacuerdo convierte a las personas en enemigos a aniquilar.
No hace falta sino repasar las características comunes de esos gobiernos socialistas-comunistas desde hace 15 años en Venezuela. Comencemos por lo político: quizás uno con más éxito que otro, prácticamente han pretendido cambiar las legislaciones vigentes para concentrar el poder en el ejecutivo y anular la influencia de los otros poderes del Estado.
Han intentado y han conseguido modificar las reglas de juego electorales para poder eternizarse en el poder. Ambos pusieron en marcha operativos para controlar y acallar a los medios de comunicación, ayer fue RCTV y 34 emisoras radiales, hoy Globovisión y otros canales televisivos que parecieran ni-ni, pero están más rojos que azules o blancos.
En lo económico, dicen haber emprendido campañas de control del sector productivo y de estatización indiscriminada. Pero Venezuela, tiene el nivel más alto de inflación muy superior al promedio  de las demás regiones. Prácticamente nuestro país, tiene un nivel de crecimiento inferior al promedio regional.
En lo social, que se supone que es su objetivo central, en 15 años los niveles de pobreza se han incrementado mientras los índices de empleo han disminuido estrepitosamente. Los gobiernos de Chávez y de Maduro sin excepción, han experimentado un incremento de los sumarios de inseguridad y un aumento indicador de la delincuencia.
Me objetarán algunos lectores gobierneros, que ellos han incrementado significativamente el gasto social con la creación de las llamadas misiones y eso es muy cierto; pero el gasto social no es ni mucho menos equivalente a inversión social. “Regalar” plata a los pobres para ganarse su “adhesión política incondicional”, no es lo mismo que invertir en desarrollo social. Subvencionar la haraganería y la ociosidad no es lo mismo que crear puestos de trabajo y promover, a través de crédito barato, las microempresas.
En realidad lo que ha aumentado es el clientelismo, la genuflexión, con subvenciones y dádivas manejadas como arma política. De lo contrario, un incremento del dinero destinado a mejorar los problemas sociales habría generado menor pobreza, más empleo y menos delincuencia. Pero, evidentemente lo que ha ocurrido es todo lo contrario.
El caso que nos queda más de cerca como ejemplo de esto es Argentina: ¿Podía imaginar alguien que el país agropecuario por excelencia, el “granero del mundo”, tenga escasez de leche, de carne y de trigo o que, tras nacionalizar el petróleo, haya dejado de autoabastecerse y necesite importar crudo?
Pero quizás lo más grave del mal llamado socialismo-comunismo, es que potencian hasta el paroxismo, el ataque, la crispación social, volviendo imposible la convivencia. Todo ello en nombre de una  fulana ideología socialista-comunista inexistente, porque ¿qué ideología pueden tener unas personas que, en nombre de los pobres, utilizan al Estado para enriquecerse, diciendo que ser rico es malo y ser pobre es bueno? 

domingo, 21 de julio de 2013

A MAL TIEMPO BUENA CARA

“A MAL TIEMPO BUENA CARA”

Zenair Brito Caballero

Hoy voy a dejar por unos minutos a la insana política venezolana, para referirme a un tópico psicológico que observo constantemente, por ser la psicología mi especialidad. A veces los días transcurren apáticos, fríos, y faltos de motivación para las personas. Y las gentes se hunden en una suerte de decaimiento, si no abismo. Pero, pienso que debemos tratar de estar alegres.

 Observamos que la sociedad, la esencia del ambiente en el que nos desenvolvemos, con sus terribles condiciones y sus abstractos, nos llama a estar contentos a pesar de toda la crisis política, económica y moral que vivimos los venezolanos. Sí. Felices. Aún a costa del mal carácter que debemos ir puliendo, con sabiduría, con perseverancia.

Es una imposición de la razón buscar el lado positivo de las cosas que se desplazan, que fluyen, en nuestro entorno. Contentos debemos estar a pesar que a veces la salud nos falla en algún sitio del cuerpo. Es bien sabido que la maquinaria que es nuestro organismo ha de ir desgastándose con el transcurrir del tiempo.

Debemos apostar -entonces- a nuestra salud espiritual, a aquellas flores expectantes y hermosas como las rosas, que se abren en nuestra alma para darnos luz y reposo. Cantando alguna estrofa pegadiza de una canción de nuestro cantante favorito, trabajando en lo que debemos trabajar, levantándonos temprano para ganarle la partida al sol, es como muchos hombres y mujeres encontramos alegría y ganas de celebrar la existencia.
Es cierto; a veces no podemos estar alegres. Pero estamos conformes con la situación del día, porque sabemos, porque estamos enterados de nuestra capacidad para revertir un momento de crisis económica o anímica en una oportuna ocasión para saldar cuentas y apuntar a mejores faenas.

Debemos ser los grandes transformadores de nosotros mismos. Que atrás se queden las personas desalentadas, gruñonas y ásperas y que tanto daño hacen a familiares, amigos y compañeros de trabajo. En último caso, que sean menos gruñones, menos buscadores de razones, motivos y causas para señalar con el dedo a los demás y para dar por torcidas las esperanzas. 

Busquemos estar menos disconformes con el entorno. Eso sí tiene real sentido. El trabajo es nuestra herramienta de sostén y de triunfo. Nuestra mente está sujeta a una enramada de células. Cuántas enfermedades solemos inventar con nuestra mente.

Si aprendiéramos a tener más control sobre nuestras emociones y entendiéramos que la dicha está a nuestro alcance cuando nuestra actitud ante la vida y ante las demás personas mejora, otro sería nuestro cantar. Un individuo quejoso es en sí mismo una mala noticia. Espantamos su nombre. Sus quejas tienen el poder de soplar un viento malo sobre nuestras cabezas.

Nuestra salud progresa considerablemente si decimos que sí, que estamos bien. Pero usted ya sabe... están los eternos enfermos. Los que parecieran deleitarse quejándose de sus juanetes,  de la rinitis, del dolor de cabeza, de aquella gripe contraída sin saber cómo, de esa reuma que está manifestándose.

Y luego están los otros, los descontentos crónicos. Y también aquellos que convierten su boca en un basural hablando negativamente de los demás. Ah... Entrar en razón. Entender que somos artífices de nuestro propio destino. Superarnos a nosotros mismos. Pelear siempre la buena batalla. No darnos nunca por vencidos, porque con Dios y Jesús en nuestro corazón siempre somos VENCEDORES.



viernes, 19 de julio de 2013

LA ESPERANZA ES EL SUEÑO DEL HOMBRE DESPIERTO

“LA ESPERANZA ES EL SUEÑO DEL HOMBRE DESPIERTO”

Zenair Brito Caballero

Como un monstruo, el desaliento, el desánimo petrifica corazones y ciega ojos y entendimiento. Los grandes modelos políticos de la última mitad del siglo XX se han derrumbado; las utopías políticas y sociales yacen bajo los escombros de las experiencias fallidas, el socialismo terminó en dictadura y el libre mercado en una hipócrita y falsa bonanza que ha ensanchado hasta niveles inconmensurables la brecha entre los ricos y los pobres; el consumismo, ese dios del postmodernismo, ha contribuido a  crear una sociedad desalmada, en la cual la medida del valor de la persona humana es la posesión de “cosas” y el olvido del espíritu.
En Venezuela, lo que se anunció como un paso de “la locura a la esperanza”, se revela hoy como una esperanza derrotada, porque las causas fundamentales de aquella locura continúan intactas: la injusticia social, la exclusión, el hambre, la miseria, la pobreza, el desempleo y la inequidad social y económica no han sido superadas.
La crueldad del militarismo, tiene hoy su contrapartida en la violencia social, en la polarización, la corrupción, el narcotráfico, la delincuencia. El despotismo militar sustentado por una camarilla voraz, no fue sustituido por un sistema realmente democrático, sino por un régimen en los que el poder lo ejerce una casta roja-rojita afincada en partidos electorales socialistas-comunistas cada vez menos políticos y más institucionales, movidos por los vaivenes de los proveedores y no por las necesidades de las mayorías.
Es sombría nuestra realidad venezolana, y el desaliento, la desesperanza parecen ser el nuevo fantasma que recorre nuestra nación; pero, en lugar de desesperanzarnos ante tanto conflicto social, debemos comprender que la fuerza para superarlos radica en la esperanza, en la expectación. Eso sí, en una esperanza activa. No se trata de esperar que las cosas ocurran y de sentarnos a ver pasar los días y las semanas confiando en que mañana todo será mejor, sino de actuar para que nuestra esperanza vuelva realidad lo esperado, ser protagonistas de los acontecimientos y no objetos pasivos.
Decía Aristóteles que “La esperanza es el sueño del hombre despierto” por ello titulé este artículo así. Tener esperanza es estar despierto, pero además es esforzarnos por hacer que las cosas sucedan, tal como lo expresa el salmista: “Esforzaos todos vosotros los que esperáis en DIOS, Y tome aliento vuestro corazón.” (Sal 31:24). Y, tal esfuerzo debe estar acompañado de Fe.
La esperanza, ya sea individual o colectiva, es un esperar algo que se producirá en el futuro, algo que no vemos, que acaso nos parece intangible, y porque no lo vemos tendemos a desesperanzarnos y asumir una posición derrotista, pero la Fe, como la describe el autor de la Carta a los Hebreos (11:1) es “la certeza de lo que se espera, la convicción de lo que no se ve.” Esa certeza y esa convicción son las que impregnan nuestra esperanza de voluntad y conducen nuestros actos hacia la consecución de lo que esperamos.
Independientemente de nuestras creencias, para vivir no podemos renunciar a la esperanza. Un hombre sin esperanza es sólo un remedo de hombre, un ente sin sueños ni aspiraciones, un vacío cubierto de piel.
Mas, también es cierto que nuestra esperanza puede estar basada en razones endebles, provisorias y equívocas. ¿Cuántas veces hemos puesto nuestra esperanza en los políticos, en la bondad de los ricos y la cacareada “detención económica”, en pastores y sacerdotes? Y tantas veces hemos visto derrotadas nuestras esperanzas.
Es porque nuestra esperanza ha nacido de los antivalores de una sociedad que promueve el divisionismo procaz, el egoísmo del “sálvese quien pueda”. Así, más que una verdadera esperanza activa y amorosa que incluya a nuestro prójimo, hemos cultivado una falsa esperanza que reproduce los vicios del sistema, en la cual el centro y los beneficios de lo que esperamos es la satisfacción de los intereses personales, la consecución de los medios por los cuales adquiero poder sobre los demás y no el bien común.
Los cristianos no podemos vanagloriarnos de esa “esperanza”. Al contrario, nuestra esperanza debe tener como referente el reinado de Dios en la tierra. De allí que nuestra esperanza irrenunciable es Jesucristo.
Esto no quiere decir que renunciamos a la esperanza que se deriva de los actos de los hombres, sino que, por gracia de las enseñanzas del Resucitado, nuestra esperanza se centra en la reivindicación de todos los hombres y mujeres que mantienen firme su esperanza contra toda desesperanza y luchan por una mejor Venezuela. 



LA CORRUPCIÓN UNA EPIDEMIA CONTAGIOSA

“LA CORRUPCIÓN UNA EPIDEMIA CONTAGIOSA”

Zenair Brito Caballero

Todos sabemos, que una epidemia es una enfermedad contagiosa que se extiende a muchos países y se transmite con gran facilidad. Como ejemplo de ello tenemos a la peste negra del siglo XIV que ha sido un ícono histórico en este sentido, y la más reciente fue la temida gripe H1N1, que al final de cuentas y gracias a Dios, no ha sido tan letal como se esperaba.
Pues bien, asociándolo al párrafo anterior, lo que se ha venido a descubrir en las últimas dos décadas es que la corrupción es toda una epidemia social, económica y política que afecta a la mayoría de países del mundo.
Este descubrimiento ha sido posible gracias a entidades que hacen un seguimiento riguroso a este fenómeno en todo el mundo, siendo Transparencia Internacional la institución más reconocida en el estudio de este mal y en la elaboración de propuestas y posibles tratamientos.
Cada año Transparencia Internacional elabora lo que ha llamado "el barómetro mundial sobre corrupción", un estudio muy completo sobre la percepción que los ciudadanos de todo el mundo tienen sobre la corrupción.
La versión 2013 de esta encuesta, que leí en Internet en el día de ayer,  realizó 114 mil entrevistas en 107 países, y sus resultados confirmaron ciertas tendencias: son determinadas regiones del mundo las que más se afectan por este fenómeno, ciertas entidades públicas son las de peor reputación y existe un sentimiento casi generalizado respecto a la impotencia de los gobiernos para luchar contra la corrupción El estudio completo lo podemos leer en : http://www.transparency.org/gcb2013 ).
En Latinoamérica, África y Asia la corrupción se mueve con total comodidad y hace los mayores estragos. Un ejemplo reciente de los daños que causa esta enfermedad social está en Bangladesh, donde murieron 1.127 personas por el colapso de un edificio que albergaba trabajadores textiles, pues todo indica que los estándares de seguridad estructural del edificio fueron omitidos debido a actos de corrupción.
En contraste, la mayoría de los países con menores índices de corrupción están en Europa. Tiene que haber algo que haga que Suecia, Dinamarca, Finlandia, Noruega, Suiza, Países Bajos y Nueva Zelanda sean los menos corruptos, haciendo que este fenómeno tenga muy poco impacto social.
Por el contrario que Guatemala, Sri Lanka, Gambia, México, Venezuela, Egipto, República Dominicana, Senegal, Bolivia, entre otros, sean los vistos como más corruptos.
Toca indagar solo un poco para ver que la estructura social, los niveles de equidad y de distribución de activos intervienen en este sentido. Sociedades más incluyentes y equitativas tienden a ser menos corruptas y las más inequitativas e injustas las más corruptas.
Sin lugar a dudas, los gobiernos de izquierda socialista-comunista son el principal blanco de dardos respecto a sus prácticas corruptas. Y no salen bien librados: el poder político, la policía y el poder judicial.
Respecto a nuestra Venezuela, la mayoría de las personas consultadas dijeron que el problema se ha incrementado en los últimos 14 años, convirtiéndose en algo muy serio; que en buena medida las instituciones de gobierno socialista-comunista son regentadas por personas con intereses particulares y que las acciones del Estado para combatir la corrupción son muy poco eficaces.
El 81% piensa que los políticos del gobierno son corruptos, el 79% que lo es la Asamblea Nacional, 61% que es la policía o la guardia nacional, y 38% que son los empresarios, entre otros.
Una tendencia general es que los venezolanos percibimos nuestras instituciones públicas y privadas como más corruptas que el promedio mundial y regional. Incluso, organizaciones que no son vistas como corruptas en la mayoría de los demás países, como las ONG y las fuerzas militares, en Venezuela no se salvan del dedo acusador.
El saber que el mal es mundial no merma sus demoledores efectos locales; sin embargo, da indicios para que entendamos que su abordaje debe ser diferente a meros señalamientos puntuales y coyunturales, o brotes de indignación.
Hay algo en la sociedad contemporánea que hace de la corrupción una práctica social extendida, y hay que descubrir ese factor no tan evidente y que es en últimas el motor que mueve hacia allá y que desborda órganos de control y sanción.
La inequidad social parece tener una relación directa con la corrupción, pues como podemos ver, ésta se manifiesta más vigorosamente en regiones y países reconocidos por ser inequitativos. Sin embargo, también hay una causa oculta que mueve la corrupción y es toda la presión social que se va generando sobre las personas para que tengan éxito y progreso material, y esta presión termina por romper diques éticos y morales.
Lo peor es que esta presión está legitimada en la sociedad venezolana y es vista como "motor de desarrollo". En últimas otra epidemia contagiosa, pero no la vemos, o peor, no la queremos ver ni tratar, y ella es el camino más corto a la corrupción que ya está instalada y  tiene a Venezuela en terapia intensiva

LA DESLEGITIMACIÓN DEL DERECHO A LA PROTESTA

“LA DESLEGITIMACIÓN DEL DERECHO A LA PROTESTA”

Zenair Brito Caballero

Las múltiples declaraciones de diversos sectores tanto privados como gubernamentales frente a los distintos movimientos de inconformidad que se están presentando en el país, como el de los profesores, empleados administrativos, obreros y estudiantes universitarios, los ferromineros de Guayana, los maestros y profesores de primaria y media por aumentos salariales, entre otros, apuntan a que están siendo “utilizados”, “forzados”, “infiltrados”, “manipulados”, en fin, presionados por fuerzas ajenas y extrañas a la esencia misma de las organizaciones que han roto su silencio ante lo que consideran desatención y abandono gubernamental. 

La deslegitimación del derecho a la protesta, consagrado en la Constitución Nacional de 1999, no sólo coloca en riesgo a las personas que se atreven a levantar su voz para reclamar por aquello que consideran vulneración a sus derechos y abandono estatal, sino que les asigna disfunción cognitiva, ya que al señalarles como marionetas e idiotas útiles, les están castrando de su capacidad para pensar por sí mismos y organizarse como instancia para hacer valer lo que conciben como sus legítimos derechos, independientemente de los intereses de extraños, que por supuesto los hay y tratan de incidir.

La intolerancia y satanización a la protesta, el rechazo al disenso y en general la consideración de ilegítima la expresión de la inconformidad, no contribuye a alcanzar mayores y mejores niveles de bienestar, de justicia social y desarrollo con equidad, por el contrario, potencializa mucho más la polarización y el uso de la violencia como método para zanjar las diferencias y resolver las distintas problemáticas en sus diversos grados.

El país requiere amplitud de pensamiento para reconocer las diferencias, escuchar y tener en cuenta al otro como interlocutor válido, visibilizado, respetado y sobre todo, dignificado en su condición de persona, cualquiera sea su condición.

Así que, corresponde a todos hacer un esfuerzo consciente de resignificación de las palabras y acciones con las cuales se invalida y anula al otro, lo cual es un patrón arraigado en la población, en especial en aquellas personas que por diversas circunstancias se han empotrado y se mantienen en el poder, o aquellas que temporalmente lo han alcanzado en algún grado.
Esas conductas descalificadoras, son un catalizador más que aúpa y refuerza la violencia como herramienta de solución a las diferencias, las cuales son lógicas y naturales dentro de las relaciones entre seres humanos obligados a establecer algún vínculo, propio de la interdependencia humana y del medio que le rodea.

Pareciera que la protesta y la reivindicación de los derechos por parte de organizaciones y en general de aquellos que se sienten lesionados en sus intereses, se constituyera en una amenaza para los demás, como si estuvieran sumidos en el miedo y la paranoia de perder cuando el otro reclama. Por eso entonces, aparece la descalificación y el estigma como recurso para deslegitimar al otro y así librarse de lo que considera una amenaza por acción ajena.

Cuidado, mientras se tenga miedo por lo que el otro hace de manera legítima y en derecho, se perpetúa el estado de postración de la mayoría que luego se extenderá a todos en nuestro país.